
Publicado en Todo Incluido, hace 1 día
Rey Arturo Taveras
En el cielo oscuro de la política vernácula dominicana comienzan a verse, como aves de mal agüero, los bailarines del poder que danzan en busca un nido partidario donde asegurar su bienestar personal.
Son tránsfugas, saltimbanquis de la ideología, paracaidistas sin pudor, comecheques con olfato fino para el presupuesto, perros viralatas que cambian de dueño cuando el plato se mueve hacia otra acera.
Son camaleones que aparecen siempre camuflado con el traje del color del partido en que procura protegerse tras saltar del partido en el gobierno cuando empieza a resquebrajarse.
Cuando el desgaste de su partido hace ruido y la derrota se asoma como una sombra larga, entonces el tránsfuga huye raudo y veloz hacia el bando que promete victoria.
No lo guía la convicción, sino el instinto, no lo empuja el ideal, sino la supervivencia política, porque son como hojas secas llevadas por el viento de las encuestas.
El transfuguismo en la política dominicana no es una anécdota: es un ritual cíclico sufrido por todos los partidos del sistema.
Cambiar de partido o de ideología se vuelve un acto mercurial, volátil, casi alquímico, donde la lealtad se disuelve en el ácido del interés personal.
La ley intenta poner diques a este río turbio, regulaciones para preservar la estabilidad partidaria, límites para proteger la voluntad del elector, pero el debate ético persiste como una herida abierta.
El bailarín o tránsfuga de la política traiciona el programa que lo llevó al poder y convierte el voto ciudadano en moneda de cambio.
Así, la democracia se debilita: no por el pluralismo, sino por el oportunismo; no por el disenso, sino por la deslealtad.
Con el tiempo, estos personajes van perdiendo valor, porque dejan de ser líderes para convertirse en llaves usadas para abrir compuertas partidarias que inclinen la balanza electoral.
No hace falta mencionar nombres para reconocerlos; la historia política dominicana está llena de estos vuelos rasantes de los buitres de la política que siempre vuelan a donde hay banquete, aunque casi siempre les toque la carroña.
Los tránsfugas son una realidad constante de la vida política dominicana y son el síntoma de una democracia en tensión, donde la fidelidad al elector compite con el apetito por el poder.
Mientras sigan bailando sin música ideológica y sin vergüenza cívica, la política seguirá siendo un circo ambulante donde el espectáculo importa más que la palabra empeñada y los intereses colectivos de la nación.