
Publicado en Editorial, hace 1 día
En el complejo tablero de la geopolítica actual, la autodeterminación de los pueblos no es solo un concepto jurídico; es el alma de la soberanía y el requisito indispensable para una convivencia global armónica. Respetar este principio significa reconocer que cada nación, sin importar su tamaño o poder económico, posee el derecho inalienable de forjar su propio destino, elegir su sistema político y administrar sus recursos sin injerencias externas.
La autodeterminación no es un regalo otorgado por las potencias mundiales, sino un derecho fundamental consagrado por la ética internacional y el derecho de gentes. Cuando una nación externa intenta imponer su visión o sus intereses sobre otra, no solo vulnera la libertad de ese pueblo, sino que debilita las bases del orden internacional.
El verdadero respeto se pone a prueba cuando las decisiones de un pueblo libre no coinciden con las expectativas de otros. Sin embargo, la madurez de la comunidad internacional reside en la tolerancia y la diplomacia. La imposición de modelos ajenos bajo el pretexto de “ayuda” o “progreso” a menudo termina en desestabilización y resentimiento social.
“El respeto al derecho ajeno es la paz”. Esta máxima sigue siendo la brújula necesaria: solo a través del reconocimiento de la alteridad y la libertad del “otro” podemos aspirar a un mundo donde la diversidad de naciones sea una fortaleza y no un motivo de conflicto.
Defender la autodeterminación es, en última instancia, defender la dignidad humana a escala colectiva. Un pueblo que se gobierna a sí mismo es un actor responsable en la construcción de un futuro compartido.