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“Mejor trabajar que aguantar los maltratos del marido”

Publicado en Económicas, hace 4 meses

Monte Plata.- Rafaelina Soriano tiene 29 años de edad y de esos ha pasado veinte vendiendo frutas en Monte Plata. Sus padres, con ese oficio, llevaban “el pan a la mesa”.  Se levanta con el cielo oscuro y sale de su casa a las seis de la mañana arrastrando su triciclo cargado de mangos, sandías, piñas, lechosas, guineos, miel y un grupo de abejas que le acompañan a donde quiera que va.

Se estaciona frente al parque donde le esperan. La gente le cae como enjambre y entre conversaciones y chanzas pasan revista al acontecer del pueblo.

Quedar embarazada cuando apenas iniciaba su adolescencia (15 años) le obligó a dejar de estudiar cuando solo alcanzaba el octavo grado de la educación intermedia y aunque siente en su interior las ganas de ser maestra aún no da el paso para retomar la escuela.

Rafaelina, como un 27% de las mujeres dominicanas, se casó siendo casi niña. Su marido vendía pan en el pueblo y ella para ayudarlo decidió seguir con lo que había aprendido de su papá: la venta de frutas.

Cuando se separó de su pareja ya tenía dos hijos, una hembra que ahora tiene 14 años y un varón que tiene seis. Ahora es madre soltera y su único ingreso lo generan las frutas que compra en la capital y que vende en una esquina del parque. Dice que diariamente las ventas le dejan entre mil y mil quinientos pesos, según sus cálculos.

De niña nunca imaginó que cuando fuera adulta seguiría vendiendo frutas como lo hacía con su padre.

Intentó dedicarse a otros trabajos, pero con su bajo nivel de estudio solo lograba conseguir como doméstica y lo dejó porque pagan muy poco dinero (RD$2,500 o RD$3,000) y al final decidió quedarse como trabajadora por cuenta propia en la venta de frutas.

“Aquí no hay empresas para trabajar, los jóvenes trabajan en las fincas de palmas, se van a recoger granos y otros a sembrar piña”, refiere cuando le pregunto a qué se dedica la gente en Monte Plata e indica que trabaja duro para que su hija llegue a la universidad y logre hacerse licenciada.

Rafaelina sabe que puede llegar a ser lo que quiera a nivel académico porque tiene juventud, pero ya está acostumbrada a la venta de frutas y no define con claridad cuándo volverá a las aulas para retormar los estudios aunque se siente retada porque su hija siempre le dice “tú puedes volver a estudiar, eres joven”. No se siente “al menos” con lo que hace para ganarse la vida porque sabe que el trabajo dignifica y en que en este oficio es que mejor remuneración puede obtener para resolver los compromisos que tiene para educar y hacer crecer a sus hijos.

“Este es un trabajo como cualquiera y mejor trabajar a aguantar maltrato del marido. Uno como joven tiene que echar para adelante, a un hombre uno no le aguanta golpe, uno le aguanta hambre si uno quiere porque uno teniendo dos manos no debe esperar. Hay mujeres que se sientan a esperar que el hombre lleve una sopita o mejor comen sin sopita porque no consiguen diez pesos”, refiere Rafaelina con el orgullo de sentirse autosuficiente.

Trabajo por cuenta propia 
Así como Rafaelina, miles de mujeres encuentran su sustento y el de sus familias en el trabajo por cuenta propia, sin que esto tenga que ver con su nivel de educación.

Según el Observatorio de Políticas Sociales y Desarrollo de la Vicepresidencia de la República en su boletín “La informalidad laboral en el contexto del desarrollo social”, los cuentapropistas o trabajadores por cuenta propia son el grupo ocupacional más grande dentro de la informalidad” y afirma que muchas veces esta opción laboral no viene dada por la precarización laboral, sino que se da como vía de escape para mejores ingresos. Explica que aunque los salarios disponibles más altos se encuentran en el sector formal, el ingreso promedio del sector informal es superior al salario mínimo legal.

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