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Un incierto futuro isleño

Publicado en Todo Incluido, hace 2 meses

Fabio Herrera Miniño.

Las simpatías norteamericanas en sus relaciones con las islas del Caribe depende de la conducta de sumisión que deben observar con un Si señor, a todo lo que digan los burócratas del Departamento de Estado.

Estos en su ignorancia no saben distinguir una isla de otra y en consecuencia el ánimo de esos funcionarios depende como transcurrieran sus vacaciones en una de estas islas.

El siglo XX marcó la consolidación del poder norteamericano en el Caribe y luego que fueran desalojados de Cuba en donde perdieron su hegemonía en una isla que era una dependencia total donde se habían trasladado todos los vicios y pecados del continente para el disfrute de la vida yankee.

Cuba, después de la II Guerra Mundial, era el patio trasero de la Florida en donde tenían lugar toda clase de actividades ilícitas para el disfrute de una potencia tan solo a 90 millas de La Habana.

La situación caribeña se modificó con la llegada del castrismo a Cuba. Y con la presencia soviética cambió el rumbo de la isla que hace más de 60 años se ha tenido que aceptar la presencia comunista en la isla. Y en un extraño arreglo de aceptación y de vergüenza hemisférica se desarrollan las relaciones que se vislumbra un nuevo proceso en donde los norteamericanos enseñan sus músculos pretendiendo aplastar la economía cubana.

Y ese comportamiento no es exclusivo para con Cuba o Puerto Rico sino que en la isla de Santo Domingo se refleja en un trato acomodado a la docilidad de los países de la isla.

Son muchas las etapas que ha vivido República Dominicana con el socio hegemónico y en donde las caras duras son parte del modus operandi.

Castigo y premio es la norma norteamericana para esos dos países. Mientras se mantengan apegados a sus intereses no hay problemas con el comportamiento que a veces se acepta como medio liberal.

Pero ahora ha recibido un vuelco radical cuando las potencias no saben qué hacer con Haití comenzando una política de castigo y presión para que los dominicanos aceptemos que se instalen campamentos de refugiados de haitianos que en desbandaba están abandonado su territorio.

República Dominicana se niega a aceptar esos campamentos de manera formal pero de hecho hay una presencia masiva haitiana en la costa este del país de enclaves humanos que lo están arropando.

Ya ellos están arropando la parte oriental de la isla con su masiva presencia. Buscan otras formas de justificar una intervención donde a cambio de ciertos beneficios se legalicen esos asentamientos ya de por sí muy abundantes y en crecimiento.

Deberán pasar varias generaciones para todos los pobladores de la isla para que esos seres del oeste se asemejen en algo al espíritu dominicano tan definido en sus creencias y costumbres y muy disímiles a los habitantes occidentales de la isla.

Deben pasar muchas generaciones para aclimatarse con los dominicanos pese a que los tenemos permanentemente desde que la corona española en 1687 aceptó cederle una parte de la zona occidental de la isla dando inicio a las calamidades que por más de 300 años han perturbado la convivencia isleña.

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