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«Oro y polvo», mucho polvo, poca sustancia

Publicado en Espectáculos, hace 7 años

Por Armando Almánzar R..-
Santo Domingo.- Lean sobre esta teoría que resulta muy instructiva: desde que llegaron los españoles de Cristóbal a estos para entonces ignotos territorios, los extranjeros se han estado beneficiando de todos los del patio desde la Patagonia hasta Alaska. Por esa razón, debemos establecer nuevas reglas y, se cae de la mata, quitarles los negocios de nuestros países a todos los extranjeros.

Ese es el argumento que esgrime Marisela, la hermosota chica protagonista de “Oro y Polvo” que, por si acaso andan algo enredados, cuando esas palabras pronuncia no se está refiriendo a la importación de rulos ni de caviar, sino nada más y nada menos que… a las drogas.

De ahí en adelante, válidos de la tal teoría, la chica y su novio luego marido, Teo, y el amiguísimo de este último, Daniel, se enfrascan en una docena de tiroteos con cuanta banda de narcos aparece, y van destutanando a todo aquel que presume de “capo” para, por supuesto, ser ellos los “capos” de verdad y tener mesas rebosantes de fajos de billetes que se exhiben para gusto de los amantes del, claro, billetaje.

Por esa razón, y aunque ellos son los jefes más jefes, el Teo maneja él mismo una lancha motora desde quién sabe dónde y burla a la DEA, que para eso son protagonistas.

Por esa misma razón, la primera expedición en lancha burla a otra lancha que les está acribillando a tiros sin que sepamos cómo.

En otras palabras, que si usted, amigo cinéfilo, delicado de oídos, tendrá que soportar por lo menos unos cuantos miles de disparos de pistolas, revólveres, ametralladoras y fusiles. Esa es la historia, escrita por Huchi Lora y Jesse Wheeler, que no se andan disimulando cuando de asesinar unas cuantas docenas se refiere.

La película, como la anterior del “tandem” Lora-Limardo,   es dirigida por Félix Limardo y, para que vean como son las cosas, no nos parece que sea un mal tratamiento el suyo: el relato fluye con buen ritmo y la fotografía de Seamus Tierney posee cierto dinamismo y buenos enfoques. Cierto que en ocasiones la musicalización sobreabunda, que hubiéramos preferido un tanto más de silencio para acentuar el dramatismo de secuencias como la de los dos amigos enfrentados, pero, aún así, no anda mal el asunto.

Pero la historia no pasa de ser propia de un “thriller” con narcos como docenas y docenas de filmes y episodios de TV, con la desventaja de que, por más vueltas que le den a la trama, por lo menos nosotros ya sabíamos en qué iba a terminar todo desde los primeros 20 minutos, aparte de que nos resultara absurdo y traído por los moños tanta maravillosa facilidad para traer drogas por barriles y destilarla con un químico aprendiz en un sótano.

La interpretación conjunta es pasable, no creemos que nadie se destaque demasiado, y la historia, insistimos, no pasa de ser mucho ruido y muy pocas nueces, aunque sea una formidable venganza contra todos los extranjeros que nos han invadido desde el año aquel hasta ahora mismito, Jesse Wheeler y Seamus Tierney incluidos.

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